Fue a mis cuatro años cuando padecí mi primer mono. Toda la
vida disfrutando de mi “caucho” en boca, succionando y succionando, y, de
pronto, nada. Mis crueles padres me lo tiraron a la basura. A día de hoy
recuerdo aquel desgarro. Sin embargo, no me acuerdo de la historieta que
prepararon para que terminara mi dependencia al chupete.
Cuando nació mi hija quise evitar este tipo de drogas. En un
primer momento pensé, nada de chupetes, nada de trapitos, nada de peluches, nada de nada. Hasta
que en un momento de estrés una amiga me comentó: “Son muchos los
beneficios que te aportará el chupete. Compensan con creces la lata que
supondrá quitárselo”. Minutos después, Catalina ya se parecía a Maggie Simpson.
Pero esto del chupete no hay que tomárselo a la torera. La
manera de acabar con su adicción puede ser muy traumática. A una niña sus
padres le contaron que una gata se llevó su chupete para sus gatitos. Triste y
aparentemente generosa fue asumiendo con el tiempo esta dura pérdida. Meses más
tarde, mientras disfrutaba de un tranquilo paseo en familia en otra ciudad, encontró
un gato. Sin pensarlo dos veces, se abalanzó contra el animal y a gritos le
reclamó su apreciado tesoro.
Este escándalo tan sólo me genera una gran incertidumbre: ¿Cómo terminará la relación de Catalina con su chupete? Me acuesto pensando queno me veo con fuerzas para quitárselo. Pero… ¿las tendré algún día?
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