lunes, 11 de febrero de 2013

El Papa Benedicto XVI y los niños

El Papa bendice a tres niños vestidos de Reyes Magos. (Reuters)

Hoy que Benedicto XVI ha renunciado a su Papado, hemos querido fijarnos en la relación del Papa con los niños durante sus siete años de Pontificado.


Encuentro con los niños en el Viaje Apostólico a México (24 de marzo de 2012) 


Ustedes ocupan un lugar muy importante en el corazón del Papa.

 Dios quiere que seamos siempre felices. Él nos conoce y nos ama. Si dejamos que el amor de Cristo cambie nuestro corazón, entonces nosotros podremos cambiar el mundo. Ese es el secreto de la auténtica felicidad.


El discípulo de Jesús no responde al mal con el mal, sino que es siempre instrumento del bien, del perdón, de la alegría, de la unidad. Ténganlo como el mejor de sus amigos. Él no se cansará de decirles que amen siempre a todos y hagan el bien. 


He venido para que sientan mi afecto. Cada uno de ustedes es un regalo de Dios. Su familia, la Iglesia, la escuela y quienes tienen responsabilidad en la sociedad han de trabajar "unidos para que ustedes puedan recibir como herencia un mundo mejor, sin envidias ni divisiones.


Por ello, deseo elevar mi voz invitando a todos a proteger y cuidar a los niños, para que nunca se apague su sonrisa, puedan vivir en paz y mirar al futuro con confianza.


Ustedes, mis pequeños amigos, no están solos. Cuentan con la ayuda de Cristo y de su Iglesia para llevar un estilo de vida cristiano. Participen en la Misa del domingo, en la catequesis, en algún grupo de apostolado, buscando lugares de oración, fraternidad y caridad. Eso mismo vivieron los beatos Cristóbal, Antonio y Juan, los niños mártires de Tlaxcala, que conociendo a Jesús, en tiempos de la primera evangelización de México, descubrieron que no había tesoro más grande que Él. Eran niños como ustedes, y de ellos podemos aprender que no hay edad para amar y servir. 




Catequesis con los niños que se preparan para la primera comunión en Roma (Octubre 2005) 

  


V ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS de Valencia. Julio 2006


Ojalá que los hijos contemplen más los momentos de armonía y afecto de los padres, que no los de discordia o distanciamiento, pues el amor entre el padre y la madre ofrece a los hijos una gran seguridad y les enseña la belleza del amor fiel y duradero.

La familia es una escuela de humanización del hombre, para que crezca hasta hacerse verdaderamente hombre. En este sentido, la experiencia de ser amados por los padres lleva a los hijos a tener conciencia de su dignidad.

 Los abuelos pueden ser —y son tantas veces— los garantes del afecto y la ternura que todo ser humano necesita dar y recibir. Ellos dan a los pequeños la perspectiva del tiempo, son memoria y riqueza de las familias. Ojalá que, bajo ningún concepto, sean excluidos del círculo familiar. Son un tesoro que no podemos arrebatarles a las nuevas generaciones.  

Con el don de la vida el niño recibe todo un patrimonio de experiencia. Los padres tienen el derecho y el deber de transmitirlo a los hijos:  educarlos en el descubrimiento de su identidad, iniciarlos en la vida social, en el ejercicio responsable de su libertad y de su capacidad de amar a través de la experiencia de ser amados y, sobre todo, en el encuentro con Dios. Los hijos crecen y maduran humanamente en la medida en que acogen con confianza ese patrimonio y esa educación que van asumiendo progresivamente. 

Por desgracia, está aumentando el número de separaciones y divorcios, que rompen la unidad familiar y crean muchos problemas a los hijos, víctimas inocentes de estas situaciones. La estabilidad de la familia está hoy en peligro.  Para salvaguardarla es necesario ir contracorriente con respecto a la cultura dominante, y esto exige paciencia, esfuerzo, sacrificio y búsqueda incesante de comprensión mutua.





"Encomiendo a todas a la Sagrada Familia de Nazaret para que las proteja y, siguiendo su ejemplo callado, ayuden a los hijos a crecer en sabiduría, en edad y en gracia ante Dios y los hombres. (cf. Lc 2, 52)."
 Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia. 9 de julio de 2006

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